Maurice Wilson
"La soledad es una fuerza que te aniquila si no estás preparado para superarla, pero que te lleva más allá de tus posibilidades si sabes aprovecharla para tu propio beneficio".
Reinhold Messner
En la historia de la exploración, siempre han existido hombres que han marchado permanentemente por el vertiginoso filo entre la genialidad y la locura.
Quizá la diferencia entre pertenecer a la primera clase o a la segunda sea una cuestión de resultados y puede que por eso se considere a Maurice Wilson, un tipo de Yorkshire que en 1934 intentó escalar el Everest en solitario, uno de los más locos hombres que han quedado en los anales del alpinismo.
A Wilson se le puede contemplar en una fotografía de 1933, delante de una avioneta a la que rotuló Ever-Wrest, poco antes de volar al Himalaya.
El Everest la montaña más alta de la tierra, sería escalada algún día: las matemáticas no dejaban otra opción. Se había llegado a los 6.000 metros, luego a los 6.500, a los 7.000… Algún día se llegaría a los 8.848, aunque aquello representase una lucha agónica en un terreno que no entendía de piedad ni de gloria.
En la década de los 30, en Inglaterra ya había una importante cultura montañera por lo que no se puede achacar la temeridad de Wilson a la desinformación.
Las primeras tentativas británicas al Everest se remontan a 1921.
Charles Kenneth Howard Bury (1881-1963), un intrépido botánico y explorador irlandés, dirigía una expedición sobre la vertiente china, llegando a alcanzar el Collado Norte (7.010 metros) antes de retirarse.
Un segundo intento se llevaría a cabo en 1922, en el que Arthur William Wakefield (1876-1949) también llegaría al Collado Norte, aunque no podría continuar a través de la ruta descubierta el año anterior por Edward Oliver Wheeler (1890-1962).
Y en 1924 tendría lugar una de las aventuras más legendarias, inescrutables e infinitas del ochomilismo: la protagonizada por Andrew Irvine y George Mallory, desaparecidos entre los 8.500 y los 8.600 metros durante su avance por la arista norte. Puede que por siempre, la duda de si dicha cordada alcanzó la cumbre se mantiene perpetua en la historia de la montaña.
La vida de Wilson, antes de su intento en solitario a la montaña de los sueños británicos, ya estaba marcada por su imponente afán de meterse en líos. Hijo de un granjero de Bradford El día que cumplía 18 años tomaba una decisión se alistó para combatir en la Primera Gran Guerra, pronto lo convertirían en Capitán y le haría regresar a casa con la Military Cross, uno de los más excelsos reconocimientos del ejército británico, acomodada en su chaqueta. Había sido el único superviviente sin heridas de una refriega cerca de Materen. Aunque no volvería ileso. Meses después sería herido por el fuego de una ametralladora y enviado de regreso a Inglaterra. Sus heridas en el brazo izquierdo nunca terminaron de sanar, provocándole dolor hasta el instante final en el Everest.
Wilson encontró en la post-guerra una complicada etapa de su vida. Vivió en Londres, Estados Unidos y Nueva Zelanda, desarrollando múltiples trabajos en los que no terminó de cuajar (desde vendedor de automóviles a fabricante de medicinas naturales). La Llamada le perseguía, sus finanzas no evolucionaban y su fuerza física y mental cayó en un profundo abatimiento que desembocó en enfermedad. Y entonces desapareció.
Un largo vuelo
En 1932 Wilson puso fin a su retiro y regresó con el sueño de escalar el Everest. Habiéndose sometido a un extraño tratamiento de 35 días en una cueva del Bosque Negro, supervisado por un hombre de Mayfair en cuya leyenda se incluía la curación de un centenar de personas (y de sí mismo) calificadas como irrecuperables por la ciencia médica, Maurice regresó a Londres y se compró una vieja Gypsy Moth a la que le quedaban pocas ganas de volar y pagó las escasas clases de vuelo que consideró necesarias para llegar hasta el Tíbet. Su instructor dijo de él: "No sería capaz ni de dar una vuelta completa al aeropuerto". Poco recorrido a tenor del plan de Wilson: aterrizar en los bastiones superiores del Everest, algo que ni tan siquiera estaba al alcance de los mejores aviadores de la época. Claro que tampoco los grandes alpinistas se habían planteado una ascensión en solitario. Wilson no tenía nada que perder (excepto la vida, y tampoco parecía pensar mucho en ello) pues nadie consideraba el reto a la altura de una mente equilibrada. "Llegaré a la cima o moriré en el intento", afirmó Wilson antes de partir.
Si su preparación como piloto era mínima, como montañero era aún peor. Su entrenamiento había consistido en pesados paseos por las colinas de Snowdonia y el Lake District y no pareció mostrar ninguna inquietud por la escalada en hielo, la técnica de una ascensión o los efectos de la hipoxia. El de Yorkshire consideraba que el ayuno y la oración eran suficientes armas para combatir los imponderables verticales del Himalaya (y más aún: para todas las complicaciones de una vida), una convicción de la que intentó hacer partícipe a todo el que se encontró, llegando a pensar que la escalada del Everest produciría el eco necesario para que sus palabras fueran tenidas en consideración. Para probar su capacidad en altura aterrizó con el paracaídas en el mismo centro de Londres, ante la mordaz expectación de los transeúntes. El nombre de Maurice Wilson ya era sinónimo de valor y excentricidad en Gran Bretaña.
¡Y sabía pilotar! El 8 de febrero de 1933, Wilson despega con su Gypsy Moth, yendo a estrellarse poco después en un campo cerca de Clifton. Sale ileso, pero las autoridades londinenses le prohíben volver a volar. El Air Ministry no contaba con que aquello le importaba más bien poco a Wilson y tres semanas más tarde (lo que tardó en reparar su Ever-Wrest) volvía a zambullirse en los cielos británicos.
Quién iba a pensar que semanas más tarde aterrizaría en la India, habiendo ignorado por segunda vez una anulación de su permiso en El Cairo, posando su avioneta en pequeños y recónditos aeropuertos y completando uno de los vuelos más impresionantes hasta la fecha.
El entusiasmo de Maurice Wilson alcanzaba cotas ignoradas por él mismo y pronto partiría de Darjeeling, tras pasar un invierno de logística y meditación y recibir el rechazo del Tíbet para traspasar sus fronteras a pie. Pero si Wilson había hecho caso omiso de las indicaciones del Gobierno de su país, no se podía esperar que se atuviera a los requisitos del tibetano. En Darjeeling conoce a tres sherpas; Tewang, Rinzing y Tsering, a los que convence para acompañarle en su aproximación al Everest. El 21 de marzo de 1934 parte de la ciudad hindú disfrazado de monje. Tan sospechosamente alto como ancho, Wilson pronto cambia sus ropas por las de un campesino, atravesando de dicha guisa y en pleno invierno la exigente orografía de la región, siempre de noche para evitar a las autoridades, siempre hacia delante. "¡Que mala suerte, este clima muerde!", escribía el inglés en su diario. Ni las tormentas ni los feroces ríos impidieron su llegada al Monasterio de Rongbuk
Tentativas al Everest
Sin conocimientos de las condiciones de un ochomil, sin equipo técnico, sin experiencia, lo osado del intento de Wilson iba a la par con el disparate. A pesar de ello la montaña le permitiría hasta tres tentativas por alcanzar la cumbre. En la primera llegaría al tercer campo de altura, bajo el Collado Norte, encontrando afortunadamente un par de crampones abandonados por una expedición anterior. Se retiraría exhausto, casi ciego, con el frío abrazado a sus huesos, al Monasterio. Necesitaría ocho días, cuarenta horas consecutivas de sueño y su habitual ración de ayuno y rezos para sentirse restablecido y volvería a la montaña llevando a Tewang y Rinzing con él, con lo que la progresión por el glaciar Rongbuk, que le había supuesto jornadas de calvario, sería mucho más fugaz. De nuevo llegaría al Campo III, donde se vería reducido a la mínima versión de sí mismo, confinado en su tienda de campaña.
Incapaz de pensar en el fracaso, solo atendía a las creencias que le habían llevado hasta aquel momento inusitado de la historia del alpinismo, y por si sus convicciones no eran suficientes, la cumbre ejercía una atracción que Wilson no era capaz de sacudirse. Aquello solo era el principio de una vida que había previsto como legendaria: con su siguiente proyecto pretendía convertirse en el primer hombre en alcanzar la estratosfera. La fé, la fuerza de voluntad, los límites desconocidos del ser le empujaban directamente hacía un lugar que habría de significar un hito para el tesón humano.
El 21 de mayo saldría de nuevo dispuesto a cumplir su loco sueño. Mas no tuvo éxito. Volverían al Monasterio, pero Wilson ya no era él, si no un hombre arrugado y abatido, carente de razón (o sobreexpuesto a ella) que abandonaría silencioso su habitación, por tercera vez, dejando como único testimonio un papel en el que escribió: "He de hacer un último intento".
A finales de julio, a su llegada a Kalimpong, Tewang y Rinzing anunciaban el fallecimiento de Wilson, cuyo cuerpo sería encontrado por Eric Shipton, un año más tarde, al pie del Collado Norte, con síntomas de haber fallecido de agotamiento después de soportar noches al raso por encima de los 6.000 metros, con las manos juntas sobre el piolet, confiándose al poder del alma. Desde entonces se le ha tomado por chiflado o por un hombre extraordinario a partes iguales, pero si hay algo innegable fue su capacidad para traspasar los dictámenes de su tiempo, su capacidad para llegar hasta donde se lo dictó el espíritu.
-- Desde la muntanya/montaña/montagne/mountain